Cómo teletrabajar sin perder la cabeza

Los teletrabajadores a veces nos sentimosculpables o desagradecidos al confesarlo, pero seamos sinceros: a menudo echamos de menosla oficina. Hastalos compañeros parlanchines, desordenados o agresivos que teobligabas aignorar cuando se sentaban cerca, pueden parecerentrañables cuando unatrabaja acompañada sólo por el tic-tac del reloj de su cocina.

Llevo teletrabajando casi 15 años. A veces ha sido a través de océanos y zonas horarias (somos una familia conmilitares)y a vecesdesde el otro lado de la misma ciudad (escaseaba el sitio en la oficina; era esclavadelos horarios de mis hijos; todo el trabajo era de forma virtual). En este momento de mi carrera como escritoray consultora, he trabajado para corporaciones multinacionales, bancos de desarrollo internacionales, asociaciones y organizaciones sin ánimo de lucro. He identificado una constante a lo largo de toda esta experiencia a distancia: no importa cuán gratificante sean las tareas nilo introvertido que se crea ser,el teletrabajo nos haceañorarla compañía humana.

Estos son mis consejos. No siempre los sigo, pero me siento más feliz cuando lo hago.

1. Utiliceel tiempo que ahorra para leer un buen libro. La mayoría de la gente lee en el transporte público.Yo lo hacía cuando trabajé durante 10 años en una oficina de Washington D.C. (EE. UU.). Ahora que trabajo desde casa, me permito media hora a las 8:00 y a las 17:00 para coger el libro que esté leyendo. Lo que absorbonormalmente se cuela en lo que escribo yaportauna perspectiva fresca.Ahora mismo voy por la mitad de El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno(The Swerve: How the World Became Modern) deStephen Greenblatt. Su historia sobreun bibliófiloque descubre un antiguo poema con el queabrela puerta cultural al Renacimientome ha inspirado paraescribir demanera creativa sobre un proyecto de capital riesgo en un informe. De verdad.

2. Salga de casa al menos una vez al día.Igual que el general Stanley McChrystal recomienda hacer la cama siempre nada más levantarse -por malo que sea el día,ya habrá logrado hacer al menos una cosa-, salir de casa permite sentirse realizada. Dése una vueltapor subarrio, acuda a la oficina de correos o a la tintorería, lleve una pila de revistas antiguas a la sala de espera de un hospital. Invéntese un recado si no tieneninguno. Existe una salvedad: resístase a la tentación de malgastar cinco euros en Starbucks porque se convertirá en un hábito. Podrá dictar cuánto tiempo se alejará del trabajo en función de los plazos de entrega que maneje, pero tan poco como 10 minutos dedicados a cumplir algún objetivo tangible no relacionado con el trabajoservirá. No necesitahacer la cama, a menos que hacerla impidaque se vuelva a meter dentro.

3. No concierte «citas» paratrabajar juntos sólo porque la otra personateletrabaje también. ¿Se acuerda de lacompañerade habitación insoportablecon la que le emparejaron en la universidad al azar solo por haber nacido el mismo año?Si no tuvo unale puedo prestar la mía,obsesionadacon los cúters. Reunirse con otros teletrabajadores para «hacerse compañía» se parece algo a eso. Si no le cae bien la persona que teclea sin cesar desde el otro ladode lacafetería, tampoco tendrán ningúnvínculo especial sólo porque las dos huyandel desánimo de media mañana. Al final, el sonido de sus dedoscontra las teclas le hará querer agarrar el tenedor más próximo y clavárselo enla mano. Se morirá de ganas de marcharse, pero habrá pagado demasiado por ese estúpido capuchino.

4. Haga feliz a otra persona. Antes tenía siempre una imagenen la pared. Una tortuga de dibujoanimado cayéndose desde el techo, presumiblemente hacia su muerte, mientras dice, «Uuuuiiiii,¡estoy volando!». El bocadillo parecía instar a los pesimistas que llevamos dentro a buscar el lado positivo de cada situación (aunque para empezar no queda claro por qué la tortuga estaba en el techo). Intento recordar esto durante la hora más desesperantedel día, normalmente alrededor de las dos de la tarde. Mis ojos están más secos que un desierto y son como ortigas clavadas detanto mirar la pantalla del ordenador. Apenas siento mi traserotras nomoverme durante horas. Me encuentro al borde de buscar antiguos novios en Facebook o atiborrarme de los brownies que llevan un año en el congelador. Así que esto es lo que hago: llamo a mi abuela de 98años de edad, porque sé que le hará feliz. Cuandocuelgo, un puntito de luz se cuela en miánimo. Me echo gotas en los ojos, cierro Facebook (otra vez) y vuelvo al trabajo.

5. Repítase «¡Para eso está el dinero!».Mi escena favorita de Mad Men escuando Peggy se queja de que no se le reconoce su ingeniosomaterial publicitario, y Don Draper, su jefe, contesta, «¡Para eso está el dinero!».Sí, sentirse reconocidoestá bien, pero el propósito del trabajo es cobrarun sueldo.Es un hecho innegable. Trabajar desde casa significa que ningún compañero observará cuánto tiempo le llevó volver a redactar el informe incomprensiblede otra persona, ni escuchará con qué destreza recondujo una llamada complicada. Tampocoentenderá la profundidad de suinvestigaciónpara que un cliente comprendieseun concepto técnico con la misma facilidad que un experto. Nadie se lo reconocerá, pero desde luego que alguien se alegrará de recibir el fruto de su encargo cuando lotermine.Y usted,a cambio, recibirá susueldo directamente en casa, en pijama y sinhaberse duchado.

6.Haga ejercicio.Mi cinta de correr es la mejor inversión paraconciliarla vida personal y profesional que hayahechojamás. Sin importar el tiempo que haga fuera, me subo todos los días. No hablo de hacer ejercicio para perder peso, aunque podría ser una ventajaañadida. Hablo de hacer ejercicio en pro de la salud mental y la productividad.Hagaun esfuerzo físico que canse lo suficiente como para dejar la mente en blanco. Entonces podrá repoblar su cerebro con problemas y temas que resolverá mejor gracias a su renovada perspectiva. Tiene que serun ejercicio que le permitano pensar en nada más que en lo que haceen eseinstante, que le haga sudar la camiseta y le deje agotado y eufórico. El agotamiento no durará, pero la euforia sí. Le ayudará a superarel resto de su solitariajornada.

7.Cuando todo lo demás falle, piense en Maverick. Conozco a un piloto de la marina de Estados Unidos -llamémosle Maverick– que sirvió a bordo de un portaaviones durante ocho meses en la guerra de Irak. Si nunca ha visto aterrizar sobre un portaaviones de noche cerrada, le aseguro que resulta terrorífico. Pero volar durantelaguerra, incluso aterrizar a oscuras, fue un placer para Maverick en comparación con los abusos sufridos a las órdenes de un jefe sedientode poder. Una vez, cuando sujefe le llamó a su camarote a las cinco de la madrugada para cantarlelas cuarentasobre alguna supuesta irregularidad, lareunión terminó con unteléfono de disco de la década de 1960 volando contrala cabeza de Maverick. No le dio. Su historia me reconforta cuando me encuentro encorvada sobre mi portátil y sientolástima de mímisma: no aterrizo un avión sobre un portaaviones de noche cerrada yenguerra. No trabajo a las cinco de la madrugada. No esquivo teléfonos lanzados por un loco cuyo juicio no puedo cuestionar bajo pena de traición.Hablando de teléfonos, necesito llamar a mi abuela.


por
trad. Teresa Woods»

Alison Buckholtz es escritora y editora y vive en la zona de Washington D.C.(EEUU). Es la autora de las memorias’Standing By: The Making of an American Military Family in a Time of War’.«

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