¿Comienza la lucha contra los «barones ladrones» del S.XXI?

Algo increíble sucedió hace un par de mesesen Reino Unido, aunque sobre todo pasó desapercibido. El diario inclinado a la izquierdaTheGuardiany el liberalFinancial Timespublicaron dos artículos de opinión que,con unos pocos días de diferencia,versaban sobre elmismo temay presentaban más o menosel mismo argumento:el último incremento de la desigualdad en larentase debe, en parte, al aumento de los»beneficios monopolísticos», especialmente losdel sector tecnológico.

¿Significa esto el fin de la polarización política? ¿Es unpresagio del apocalipsis? Probablemente ni lo uno, ni lo otro.

Sin embargo,sí que deberían estar sonando las alarmas para los multimillonarios tecnológicosque hansufridouna racha de mala prensa.El esfuerzode Apple paraproteger la privacidad de sus clientes parecía primerouna amenaza para la seguridad pública y después, casi sin preverlo, reveló lo vulnerables que eran realmente sus dispositivos.

Poco después, la protesta generalizadasobre el supuesto sesgo político del algoritmo de noticias de Facebook dio paso a modificaciones apresuradas y un encuentro entre el CEO de la compañía, Mark Zuckerberg, y los grupos políticos afectados.

Y por encima de todos,los medios de comunicación revelaron que el multimillonario tecnológico Peter Thiel, cofundador de PayPal y director de un fondo de inversión, intentó en secreto forzar la quiebra del portal de noticias Gawker.com -cuyo lema es «Loscotilleos de hoy son las noticias de mañana»-. Es una iniciativa que habría enorgullecido a los oligarcas rusos más oscuros.

Estos problemas son, hasta cierto punto, idiosincrásicos, peroexiste un problema estructural mayor.Y ese problema, que no desaparecerá y sólo irá a más, es que muchos negocios tecnológicos son, dadalaeconomía de sus industrias, «monopolios naturales». En otras palabras,en gran parte de losmercados tecnológicos una única empresa tiende a dominar porque las ventajas económicas de ser grande (normalmente contar con ungran número de usuarios) pesan más queotrasventajas o desventajas competitivas.

Por desgracia para los multimillonarios tecnológicos cuyas fortunas son fruto de esa situación, los monopolios naturales de propiedad privada (y sus propietarios) se convertirán casi inevitablemente en enemigos públicos.

Para entender por qué, repasamos el destino de los llamados «barones ladrones» (como Andrew Carnegie, Pierpont Morgan y John D. Rockefeller) de Estados Unidos a comienzos del siglo XX.

La primera fase del contragolpe político contra los barones ladrones comenzó cuando estos empezaron experimentar un verdadero dominio de la economía.Líderes políticos y medios de comunicación comenzaron entonces a criticar lo que consideraban una riqueza y poder excesivos.

Por ejemplo,el propio término «barones ladrones»,una referencia peyorativa a los barones alemanes que cobraban peajes por el transporte de mercancías a través del ríoRin,seacuñóen 1859cuandolos titanes industriales de Estados Unidos, liderados por Cornelius Vanderbilt, consolidaron su control sobre las redes de transporte de Estados Unidos,especialmente laredferroviaria.

En 1866, elNew York Timesescribió sobre Vanderbilt,quienhabía logrado hacerse con el control de todas las líneas de ferrocarril que entraban a la ciudad de Nueva York (EE.UU.), «ya empezamos a sentir la primera molienda […]de la venidera tiranía de los capitalistas […] Cada medio público de transporte se encuentra en manos de los tiranos de la sociedad moderna».

La segunda fase de las reaccionespolíticasla lideraron loseconomistas. Nuevas teorías e investigaciones revelaron las causas y consecuencias de estos barones, capitalistas,ladrones.

De hecho, el término «monopolio natural» fue acuñado en 1887, durante una ponencia del economista Henry C. Adams durante la reunión inaugural de la Asociación Estadounidense de Economía. Adams presentó nuevas teorías que explicaban cómo los ferrocarriles se convirtieron en monopolios privados permanentes.

Aunque su teoría era algosimplista paralos estándares de hoy, su trabajoproporcionó munición a todos aquellos que reclamaban la intervención del gobierno.

De allí que la tercera fase del contragolpe fuera,inevitablemente, la regulación. Se elaboraron leyes antimonopolio. Pero los gobiernos fueron más reaciospara disolverlos. Hacerlo representaba lo que hoypodríamos denominar la»opción nuclear», con un gran impacto tanto para industrias comoinversores. Por esolos gobiernos tendieron primeropor la supervisión regulatoriacomosolución para los monopolios.

Por su parte, los barones ladrones, sorprendentemente,acogieron de buen grado este control. A veces incluso lo solicitaban ellos mismos quizá con laesperanza de que aliviara la creciente presión política.

El director de U.S. Steel (que en ese momento controlaba más del 60% de la producción de acero en Estados Unidos), Elbert Gary, lo expresó así: «Me alegraría mucho si tuviéramos un lugaral que pudiéramos acudir,una autoridad gubernamental responsable, y decir, ‘aquí están nuestros datos y cifras, aquí están nuestros activos, aquí está nuestro coste de producción;ahora díganos quétenemos derecho a hacer y qué precios tenemos derecho a cobrar'».

Yendo aún más lejos, uno de los financieros de U.S. Steel argumentó que el capitalismo monopolistabien regulado sería un «socialismo del más alto nivel posible»; una prueba delclima político de la época.

Pero esa predisposición no impidió lacuarta y última fase del contragolpe:la disolución o la nacionalización. Al final,la supervisión resultó poco eficaz.Los monopolios privados siguieron generandobeneficios enormesy dominando sus industrias. Algunos negocios, incluido U.S. Steel, fueron disueltos por las autoridades antimonopolio; otros, como Amtrak (el monopolio estadounidense de ferrocarriles de pasajeros de larga distancia) fueron nacionalizados.

Por supuesto, llevó un tiempocompletar estas cuatro fases.Los ataques políticos a los baronesladrones empezaron hacia mediados del siglo XIXy se intensificaron a medida que las investigaciones económicas proporcionaron argumentos y recursos a sus contrariosdurante las décadas de 1880 y 1890. La supervisión regulatoria se puso de moda aprincipios del siglo XX. Las disoluciones y nacionalizaciones comenzaron en serio durante la década de 1920, pero la disolución de U.S. Steel duró hasta la década de 1930, casi 40 años después de la primerafasede las reacciones.

En nuestra época, la oposicióna los multimillonarios de internet, en la mayoría de los casos, ha llegado a la segunda fase. Han empezado los ataques políticos,sobre todo en Europa,aunque Donald Trump también ha hecho comentarios sobre el «problema antimonopolio» de Amazon.

La investigacióneconómica tambiénhaseguido. Algunos de los trabajos más potentes políticamente y que vinculan los beneficios de los monopolios con la desigualdad son obra delConsejo Presidencial de Asesores Económicos de Estados Unidos. Sin embargo, hasta ahora, las investigaciones han adquirido mayor notoriedad en Europa, donde la próxima fase, la supervisión regulatoria, ha avanzado mucho durante el último año.

Este año, Google y Facebookrealizaron grandes pagos de impuestos arbitrariosal Gobierno de Reino Unidopor encima de sus obligaciones legales. Al igual que U.S. Steel, pidieron a las autoridades gubernamentales cuánto deberían pagar para aliviar la presión política, y se les proporcionó (o se negoció) una cifra.

Además, la UE ha emprendido investigaciones antimonopolio, sobre todo contra Google. Aunque participan autoridades antimonopolio, aún no representa la cuarta fase; en lugar de disoluciones, estos procedimientos con casi total seguridad generarán más multas y regulaciones.

Por tanto,¿cuáles son las posibilidadesde que la cuarta y última fase –la disolución o nacionalización de los monopolios– se produzca?De momento, resulta difícil imaginar tales medidas en elsector tecnológico que sigue, al menos en Estados Unidos, considerado un motor de innovación.

Pero esta fase final se producirá casi seguro. La historia de los barones ladronesde Estados Unidos hace que sea ingenuo esperar que suceda de otra manera.


por
trad. Teresa Woods»

Sam Wilkin es consejero de Oxford Economics y Oxford Analytica y el autor de Wealth Secrets of the One Percent. Las opiniones expresadas son únicamente suyas.«

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